Qué bueno que te equivocaste

13 comentarios, 20/01/2012

Son dos los profesores que más recuerdo de mi época de colegio.
Uno de ellos me enseñó en cuarto de primaria y murió hace poco. Lloré. ¿Qué pudo haber hecho él para que lo recuerde así treinta y cinco años después? Lo opuesto que el otro. Lizandro Martos era un cajamarquino bondadoso que jamás nos levantó la voz o nos amenazó con castigo. Su tono era mesurado y siempre nos explicaba en lugar de lanzar dogmas. Pero no fue eso lo que me hizo llorarlo, sino el recuerdo de una clase específica.  Nos había pedido redactar una composición sobre el Día del Maestro. De pronto me llamó a su pupitre y, con una sonrisa enorme, me confesó que le gustaba cómo escribía. Me preguntó cómo sabía que los amautas habían sido los maestros del Incanato, y yo le dije que lo había leído en algún lado. Me felicitó con cariño, algo que a mis ocho años probablemente necesitaba escuchar más que nunca. ¿Me volví escritor por ello? Nadie lo sabe.
Lo que sí me queda claro es que si no fui matemático fue por causa del otro.
Él también murió, pero no diré su nombre.
Me tuvo a su cargo en segundo de primaria, y sus clases empezaban así: alineaba a diez pequeñitos al azar y, uno a uno, nos hacía una pregunta rápida. “¿Trece menos siete?”. Si uno fallaba o demoraba, recibía un reglazo en la mano.
Qué raro.
Ahora que escribo esto, mis manos han comenzado a sudar nuevamente.
Por su culpa le mentí por primera vez a mi padre de manera articulada: una noche le dije que al día siguiente, día de matemáticas, no iba a haber clases. Me creyó. Aquel tipo fue un imbécil: en vez de abrirme las puertas a una dimensión de maravillas que pueden explicarse gracias a las matemáticas, me inoculó el miedo a equivocarme con ellas. ¿Se seguirá sembrando en nuestro hogares y escuelas ese miedo al error? De ser así, estamos formando niños condenados al estancamiento. Chicos que apostarán a lo seguro para no arriesgarse. Ciudadanos grises que no se animarán a formular una idea distinta. Hombres y mujeres que verán en lo desconocido una especie de enemigo que hay que evitar. El germen del prejuicio, por supuesto. Cada vez que he tenido gente a mi cargo, he tratado de parecerme más al profesor Martos que al otro. Al recordarlos, siempre he pensado que nuestros colegios y empresas deberían incentivar el error audaz más que el acierto previsible, pues toda innovación es la meta tras las fallas del camino.
Caray. Ahora me secaré las manos.

 

Mi edificio y Cajamarca

6 comentarios, 09/12/2011

Hace poco me enteré de que el concepto de tienda de autoservicio nació en Tenessee, en 1916. Lo desarrolló Clarence Saunders, fundador de la tienda Piggly Wiggly. Me imagino al señor Saunders entusiasmado, soñando, tal vez, que estaba por revolucionar la forma de comprar de los centros urbanos.
Pero me imagino la nube que se posa sobre él: el riesgo del robo en tienda, o shoplifting. ¿Y si la gente robaba más allá de lo financieramente prudente? ¿No decía Hobbes que el ser humano es malo por naturaleza?
Sin embargo, Saunders se arriesgó. Y quedó demostrado que aunque había un riesgo más grande de robos que con una tienda convencional, esta nueva modalidad demostró ser más rentable.
Imagino que Saunders era optimista, y eso le dio beneficios.
Tal vez razonó que en el mundo siempre habrá muchas más personas bienintencionadas que torcidas, por más que estas últimas hagan más bulla con sus acciones.
El Perú es un país donde la desconfianza es parte hasta del Himno Nacional. Según los  rankings que hace Latinobarómetro, el Perú es el país más desconfiado de la región. Es claro, entonces, que el autoservicio jamás habría sido inventado aquí: creemos que, de verdad, nuestros compatriotas andan siempre tramando algo malo.
Hace meses compré un departamento con aires y decidí ejercer mi derecho para construir en ellos. Parte del arreglo con la junta de propietarios fue hacerlo con el permiso municipal, para seguridad de todos. Y así, mi mujer y yo empezamos el trámite. Lo primero que nos pidió la Municipalidad fue la firma de los vecinos autorizando la obra. Y aquí comenzó lo más difícil del proceso. Por ejemplo, uno de mis vecinos me dijo, de la forma más sincera, que en su vida ya había sido estafado muchas veces, y es por eso que no prestaba su firma así nomás.
Lo comprendo, pero me entristece: una ciudadanía desconfiada nos cuesta a todos. ¿Cómo negociar, cuando ambas partes piensan que serán traicionadas? ¿Cómo viabilizar nuestros recursos, si gran parte de nuestros compatriotas sienten que van a perder? ¿Cómo ser competitivos o formales si las gestiones se alargan tanto debido a este clima? Si mi edificio fuera Cajamarca, mi departamento por ampliar sería una suerte de Conga, por la desconfianza. Y me pregunto cuántos “Congas” más se producen diariamente en nuestros actos cotidianos y terminan acumulándose en nuestro país, como esas conchas que se pegan a las embarcaciones, aminorándoles el avance.
¿Y si empezáramos a pensar como Saunders, para variar?

 

Lo siento, es lo que siento

22 comentarios, 11/11/2011

Hoy vi en un quiosco, y también al cambiar de canal en mi televisor, que parte de nuestra prensa se las sigue ingeniando para alargar la trama del caso Ciro Castillo, como los guionistas de una serie que tiene que llegar, sí o sí, a su octavo mes.
Hastiado, me pregunto: ¿cómo es posible que una buena porción de nuestra mediósfera se siga centrando en dos mochileros que salieron de paseo irresponsablemente, mientras la economía europea se desploma, nuestros conflictos sociales se mantienen y otros acontecimientos cruciales deberían discutirse? Sociólogos, antropólogos y algunos estudiantes de los mitos fundacionales de la psique colectiva nos han dado ya teorías interesantes. Yo me voy a contradecir –maldita sea– agregando unas líneas más a un tema que quisiera ver acabado.
Mi hipótesis es que un sector grande de nuestra prensa –ese actor importante en esta historia– se ha olvidado de que es un servicio público. Pagado mayormente por capital privado, pero servicio público, finalmente.
Cuando los periodistas y los empresarios periodísticos olvidan esto, terminan trabajando para aquello que consideran sus logros personales, muchas veces traducidos en términos monetarios, y no para quien se deben. El dueño del medio que mueve su lupa en el análisis y la coloca sobre los ratings y lectorías, ¿lo hace porque le importa el público? No. Lo hace porque le importan los anunciantes. El titulador que busca una frase impactante, ¿lo hace para que la gente se agolpe en el quiosco? Sí, pero también porque quisiera verse envidiado por sus pares. El editor gráfico que privilegia una foto chocante, ¿lo hace porque su público va a encontrar un ángulo desconocido? No. Lo hace porque así tal vez gane una carátula para su currículum.
La gente que acusa a las corporaciones de ser organizaciones intrínsecamente enfocadas a conseguir resultados numéricos y no el bienestar de su entorno, debería alzarse también contra este periodismo, que hace algo  mucho peor y hasta lo justifica con desfachatez. La excusa de “lo pide la gente” es la más cínica de todas. Prueba que en vez de ser esos profesionales que, desde su educación privilegiada, pueden ayudar a formar conciencias, en verdad tienen el mismo razonamiento ético de un vendedor de drogas o de una tabacalera que le añade nicotina a su público anhelante. Es terrible. Y después, esos mismos periodistas se escandalizan de que nuestro Parlamento tenga tantos congresistas impresentables. Si son ellos quienes ayudan a la idiotización de nuestra sociedad, cuando deberían estar dándole un servicio digno de ciudadanos críticos.

 

Thomas Alva Jobs

2 comentarios, 14/10/2011

Tras la muerte de Steve Jobs no han sido pocas las voces que lo han comparado con Thomas Alva Edison. No es una exageración: del talento y empuje de ambos nacieron creaciones que revolucionaron el mundo que los vio nacer.
A la visión de Edison le debemos la bombilla eléctrica, el fonógrafo y muchas otros inventos que sirvieron de primer peldaño para la revolución tecnológica del siglo veinte.
A la de Jobs le debemos, para empezar, la concepción de una computadora amigable en nuestras casas, en una época en que los ordenadores eran concebidos como mastodontes para bancos o agencias espaciales. Aquel fue un big bang de consecuencias inesperadas en lo social, cultural y político. (Quizá no exagere al pensar que la visión de mis hijas cargando música en sus iPod y las revoluciones gestadas en Oriente gracias a las redes sociales tienen un punto de partida en aquella noción revolucionaria). Sin embargo, lo que más me sorprende de ambos personajes no son sus creaciones, sino la atmósfera que diseñaron para gestarlas.
No es difícil caer en el lugar común de imaginarse a Edison o a Jobs como esos artistas que se sientan a esperar el rayo divino, aislados de su entorno. Nada más lejano de eso: ambos sabían que la innovación constante a lo largo de los años requiere una asociación con mentes igual de talentosas, que deben ser guiadas e inspiradas. Cuando Edison era un joven de 29 años compró un terreno en Menlo Park, Nueva Jersey, y construyó allí un gran laboratorio con techo a doble agua. Lo que hizo allí fue contratar y poner a trabajar a las mentes más brillantes de su tiempo para que lo ayudaran a aterrizar sus sueños o para que lo sorprendieran con sus hallazgos propios. De Steve Jobs, John Gruber dijo algo parecido hace poco: “La mayor creación de Jobs no es ninguno de los productos de Apple, sino la misma Apple”.
Ambos no fueron solo visionarios, también supieron encauzar mentes brillantes y excéntricas, cosa que no es fácil en el mundo de los creadores. (Famoso es el litigio que Edison tuvo con Nikola Tesla, o lo maltrecho que sale el personaje de Jobs en la película “Los piratas de Silicon Valley”).
Quizá la campaña más entrañable e inspiradora de Apple es “Think different”: una oda a las personalidades más originales de los últimos cien años. En una de las secuencias, aparece Edison ya anciano. Que hoy pusieran al mismo Jobs en ese comercial no sería una exageración. Ambos crearon, más que productos innovadores, una cultura de innovación: A Edison le sobrevivió General Electric. A Jobs, las manzanas mordidas que el mundo seguirá recogiendo.

 

La magia tiene algo concreto

15 comentarios, 16/09/2011

¿Por qué hay gente que sueña con una Harley, cuando hay motos japonesas con mayor tecnología? ¿Por qué hay quienes pagan 10 veces más por un polo Lacoste que por uno idéntico que no tiene bordado el lagartito? La respuesta más inmediata está en que estas marcas apelan a las emociones y a los sentidos antes que a los atributos funcionales. Sin embargo, estos valores intangibles recién mencionados no son humo mágico producto de alguna ciencia oculta. Junto a poderosas historias fundacionales, suelen basarse en una disciplina bastante concreta, que brinda la primera excusa para empezar a soñar y fantasear.
Hablo del diseño como disciplina.
Si alguien le dice a usted que prefiere pagar más por una Mac que por una PC debido a que la primera no se contagia de virus, lo más seguro es que le esté mintiendo parcialmente. Lo que hace tan amados a los productos de Apple es ese diseño tan bellamente simple y amigable que se aprecia en sus creaciones. Lo que hizo tan popular al vodka Absolut fueron esa botella y ese logotipo que la publicidad supo poner en relieve. Lo que está ayudando a que Kia, la marca de autos coreanos, esté siendo tan aceptada en diferentes marcados del mundo es la labor de Peter Schreyer, antiguo genio del diseño de la marca Audi.
Lamentablemente, la noción del diseño como verdadero valor diferencial no es muy popular en nuestro país. Sé de empresarios que, en un arranque de entusiasmo, crean los logotipos de sus propios productos. Lo cual indica que tal labor suele ser vista, desafortunadamente, como los “dibujitos” que cualquiera puede hacer y por los cuales no debería pagarse mucho.
Usted debe haber visto hoy en día el entusiasmo con que tantas empresas y compatriotas se están adueñando de la marca Perú a través de publicidad, polos, gorros, etc. ¿Cree usted que si un funcionario del Estado peruano hubiera ideado el símbolo gráfico de la marca Perú en su oficina, en lugar de encargárselo a una empresa de diseño con trayectoria, el resultado hubiera sido el mismo? A juzgar por los emblemas de varias entidades oficiales, abusadoras ellas del caprichoso mapa del Perú en sus logotipos, el resultado hubiera sido un mamarracho sin misterio que no daría ganas de mostrar en una camiseta.
Por ello, mi primer consejo a quien esté pensando desarrollar un negocio que implique apelar a los sentidos sería: invierta en diseño. En Perú hay buenos diseñadores gráficos, industriales, de moda, de interiores. Y si no tiene presupuesto, acuda a las escuelas de diseño e indague por los mejores alumnos. ¿No es tonto ahorrar en un factor que puede añadir tanto valor?

 

Gastón y la literatura

10 comentarios, 19/08/2011

Hace unos días leí en internet un artículo que hace eco de una pregunta varias veces expresada: ¿cuándo saldrá un Gastón Acurio que promueva nuestra literatura tal como se ha hecho con nuestra gastronomía?
Es una buena pregunta, pues toda comparación obliga a hacer un ejercicio de análisis que, en este caso, es muy necesario. Si me lo permite, aquí está el mío.
En primer lugar, cuando Gastón Acurio hizo su primera aparición mediática, nuestro país ya tenía cierta conciencia sobre lo privilegiada que es nuestra cocina. Con nuestra literatura ocurre lo contrario: son los conocedores de otros países los que la señalan como privilegiada, cuando aquí un ciudadano promedio no podría citar más de tres libros peruanos que le parezcan buenos.
En segundo lugar, y de manera enlazada a lo anterior, todo peruano tiene un acceso razonable a un rico plato de comida: nuestra sazón se paladea en nuestras propias casas. Pero, ¿existe literatura en nuestros hogares? En muy escasos. Y fuera de ellos, tampoco:  cuando un peruano quiere probar nuestra cocina fuera de su hogar, sabe que hay lugares llamados pollerias, chifas y cebicherías a distancias que no son insalvables. Pero si un peruano tuviera el repentino antojo de leer un libro, no tendría a su alcance ni librerías ni bibliotecas públicas que lo acerquen a la experiencia. Una vez un adolescente limeño me escribió  a este blog para preguntarme “¿en qué lugar se compran los libros?”.  Y con eso, dejo constancia de la situación.
Toda industria que quiera ser exitosa no puede ignorar las leyes de la mercadotecnia: debe construir las facilidades que acerquen a los productores con los consumidores. En los últimos años, quiene laboramos en el Proyecto Recreo aprendimos que para desarrollar un mercado de lectores en nuestras escuelas era necesario trabajar un triángulo: Niño-Maestros-Padres. Al niño, entregándole lecturas atractivas a precio razonable. A los maestros, capacitándoles sobre estrategias para inculcar la lectura como placer, y no como obligación. Y a los padres, explicándoles la revolución cerebral que se produce cuando sus hijos leen, y empoderándolos para que exijan bibliotecas que funcionen en sus escuelas y municipios.
Fuera de las escuelas, los factores no son tan diferentes: hace poco Recreo lanzó más de 250 mil ejemplares de una colección escrita por autores peruanos (“Sobrenatural”) que fue exitosa debido a un contenido atractivo, un precio rebajado y una distribución y promoción en quioscos gracias a una sociedad con una empresa periodística.
Si bien en los últimos años podemos ver con satisfacción que editoriales, librerías y otras organizaciones peruanas están renovando sus formas de interactuar con los lectores, el gran problema aun subsiste: nuestro Estado no tiene por qué abrir restaurantes para promover nuestra cocina, pero sí tiene que abrir atractivas bibliotecas escolares y municipales, o biblioparques de diversiones, que acerquen la lectura a niños que han crecido sin probarla en casa.

 

Una respuesta final

14 comentarios, 24/07/2011

Al inicio tuve la intención de responder a cada uno de los comentarios a mi publicación de ayer, pero el tiempo ha impuesto esta forma.
Espero lo sepa usted comprender.
Celebro aquellas opiniones, como las de Víctor Vich, que demuestran un conocimiento envidiable y que aportan a la discusión. Respeto la contrariedad de otros, que son la mayoría, que muestran la rabia de vivir en un país tan lleno de recursos como de injusticia. A los que me insultaron de más y hasta se metieron con mis hijas, a esos los envié a un agujero lejano, donde no les hagan daño.
He pedido perdón por lo que me toca, y a eso me remito.
Yo no he participado de la manipulación de ninguna cifra, y si los técnicos de la SNMPE lo hubieran hecho, serían unos verdaderos idiotas: ellos son conscientes de que tienen muchos ojos vigilantes, igual de técnicos que ellos.
Tampoco puedo pedir perdón por todos los componentes de un problema tan complejo. Me gustaría que a raíz de esta polémica diera la cara el Estado, cuya ausencia en zonas mineras marca el inicio de los conflictos sociales de nuestro país. Que respondieran aquellos mineros que, aun sabiendo sistemáticamente del daño que hacían, se amparaban en una legislación permisiva. Que también hicieran un mea culpa aquellos dirigentes comunales y medios de comunicación que, a propósito, buscan el conflicto con las mineras para escalar posiciones o llenarse los bolsillos.
Es tan complejo este tema, que hace nueve años aplaudí que la comunidad agrícola de Tambogrande rechazara a una minera que pugnaba por operar con prepotencia, pero ahora me preocupa que varios de esos agricultores hoy sean mineros informales que están haciéndole más daño a su tierra que la minera que pretendían sacar.
Es tan difícil nuestro país, que cuando proclamé que era anti-fujimorista, mis propios “amigos” me acusaron ferozmente de ser pro-Humala. Que cuando he apoyado la igualdad de derechos, me han señalado como un caviar. Que cuando digo que me gustaría el ingreso de más minería responsable, me responden que soy un perro imperialista.
Pero es mi país. Nuestro país. Estoy seguro de que quienes me han escrito con rabia, también buscan lo mejor para él. Si todos incidiéramos más en las coincidencias y menos en las diferencias, estoy seguro de que notaríamos que todos tenemos más cosas en común de las que pensábamos.
Gracias por su atención.
Se cierra una semana que jamás olvidaré.

 

El perdón y la minería

92 comentarios, 22/07/2011

Las personas pueden perdonar el error, pero no la mentira.
Por eso, estas líneas serán lo más sinceras posibles con usted.
Las acompañan un recuerdo de hace siete años: la primera vez que visité una minera. Iba con el prejuicio encima: las imágenes de ríos con relaves, de una Oroya contaminada, de la tierra saqueada. Para mi sorpresa, durante ese viaje el enemigo abstracto encontró una cara más amigable de lo imaginado: conocí ingenieros ambientales tomándole el pulso al agua, un proyecto para guardar agua de lluvias y cedérsela a los agricultores vecinos y, también, la reforestación de un enorme terreno tras un cierre de mina. La suerte quiso que con los años visitara otras mineras que se esforzaban por ser responsables con su entorno rural, y algo me quedó claro: el mundo se me volvía a presentar con más matices de los que imaginaba. La minería no era buena o mala per se: lo que la movía a un lado o al otro era la calidad profesional de quienes la practicaban.
Fue en ese trance, hace cuatro años, cuando conocí a los funcionarios de nuestra Sociedad Nacional de Minería. En esa mesa conocí a profesionales con virtudes y defectos distintos, como los tenemos todos, pero con una visión común: que los peruanos reconocieran que, junto a esa minería abominable, mayoritariamente informal, que tanto daño le hace a nuestro país, también convive una en proceso de consolidación, responsable con los vecinos, el Estado y sus accionistas. Que algunas de esas empresas sentadas en la  mesa habían tenido accidentes y metidas de pata en el pasado, eso era claro. Pero también era claro que habían sido eso, accidentes, y no métodos planificados de ejecución. Con ese conocimiento me sobrevino otra noción: la minería es un factor tan gigantesco en la economía de nuestro país, que pretender crecer sin ella es utópico. Un estudio del Instituto Peruano de Economía señala que en el año 2009, el 32.4 % de los pagos al fisco peruano provino de los impuestos mineros. Dos años antes, había sido el 49%. Otro informe del Ministerio de Energía y Minas señalaba, en enero de 2011, que el 60% de las exportaciones peruanas provenían de la minería.
Estas cifras sugieren que la minería es un gigante necesario, al menos mientras no desarrollemos otras actividades, algo que definitivamente debemos hacer: nunca ha sido bueno tener todos los huevos en una sola canasta. El problema es que consolidar esas alternativas tomará décadas, y el país no para de demandar ingresos. Por eso, al menos durante estos años, nos conviene atraer minería responsable que mantenga el crecimiento y financie tantas tareas de integración y de servicios vitales que hacen falta. Fue así que cuando la Sociedad de Minería me buscó para asesorarla en una campaña relámpago que apoyara esta idea, estuve de acuerdo. Sus técnicos tenían la data estadística y, sabiéndose núcleo de muchas miradas, la examinaron con esa carga. Uno de los comerciales resultantes fue aquel famoso de Oblitas. A pesar de haber sido testeado y aprobado, no era seguro que saliera, pues era muy directo con el tema de los impuestos. Sin embargo, el calor de la Copa América hizo que apareciera, de la noche a la mañana, durante un partido clave.
Por él he recibido adhesiones. Pero también muchos palos.
Un amable representante de la Sociedad de Minería, cuyo nombre me reservo, me hizo ver el lado bueno: con poquísimos recursos, el tema de la competitividad de las inversiones mineras se ha puesto en agenda y ya está en discusión. Si mi contraparte sabe verle el lado amable, ¿por qué estoy yo tan apagado?
¿Por qué cargo con la sensación de tener que pedir perdón, aunque no sé exactamente de qué? Momentos antes de escribir estas líneas, tuve la respuesta.
No es que deba pedir perdón por trabajar para mineros. Sobre todo, para mineros que durante años me han demostrado un esfuerzo por ser responsables.
Debo pedir perdón por el recurso.
Alguna vez hice alusión a Chile para defender nuestro pisco. Y resultó.
Esta vez hice lo mismo y, aunque se generó el mismo revuelo, contradije una noción que aprendí desde entonces: se puede comunicar, pero sin necesidad de revivir pulsiones no constructivas.
Aquella vez estuvo bien: hoy debemos ser otro país.
Por eso es que le pido perdón.

 

Postdata: Mi respuesta a sus comentarios, brevísima, está en un post que puse a continuación de este. Gracias.

 

 

García, un negado para el software

5 comentarios, 24/06/2011

Desde que en 1958 se usó por primera vez la palabra software aplicada a la computación, su asociación al hardware ha servido para millones de símiles empleados en otros campos. Los compatriotas que por estar evaluando a candidatos presidenciales últimamente dejaron de lado la gestión saliente del Presidente actual, tal vez podrían echar mano de dicho binomio para juzgarlo. Al menos a mí me ha servido para llegar a la conclusión de que este gobierno de García fue bueno en aspectos cruciales, pero fue decepcionante en otros que eran fundamentales.
Un gobierno mediocre, por lo tanto.
Tengo amigos, varios de ellos empresarios, que al leer esto pensarán que soy mezquino. No sé si lo sea tanto. Sospecho que el Humala de 2006 era un cuco tan terrible para la clase dirigencial de nuestro país, que a García se le recibió como un mal menor que había que apuntalar más que vigilar. A nuestra élite económica, salvo excepciones, le bastaba saber que el rumbo económico se mantendría sin peligro para alimentar su indulgencia con García, pero le faltó ser crítica con el García demagogo y soberbio: el mismo que se obsesionó por mejorar el hardware del país descuidando su software. Gracias a la política de García, nuestro país ha alcanzado récords económicos que todos reconocemos (el software más cuidado) y ha visto construir obras de infraestructura que eran necesarias. Pero ha sido ese mismo García el que desperdició la oportunidad de modernizar a nuestro Estado con esas políticas invisibles que erigen columnas más duraderas que las que se hacen con cemento populista.
¿No fue él quien, en un acto de demagogia pura, bajó los salarios de sus funcionarios especializados, desanimando a los talentos capaces de servirnos mejor como ciudadanos?
¿No fue su gestión la que, haciendo caso omiso a la regla de oro de escuchar antes de imponer, le deja al siguiente gobierno 238 conflictos sociales, cuando al inicio de su mandato eran 97?
¿No fue García quien enrareció más nuestra atmósfera moral al escapársele exabruptos como “la plata llega sola” o “yo puedo evitar que alguien salga elegido Presidente”?
Este Cristo traído desde Brasil, impuesto como su regalo personal en terreno que es de todos – y al que el ingenio popular ha bautizado como “El Cristo de Lorrobado”- es otra prueba de que García tuvo nuestra indulgencia y que nos la pagó con su soberbia plasmada en lo material.

 

Los pinchazos al bus rojo

13 comentarios, 31/05/2011

Me subo, colgado del estribo, al bus rojo con la marca Perú para felicitar a sus responsables. (http://www.youtube.com/watch?v=fAqFJP4N4ME) Se trata de un esfuerzo que ya muchos han explicado mejor que yo. Sin embargo, aprovecharé esta tardanza para comentar las críticas que varios peruanos hicieron en Internet en los días posteriores a este lanzamiento.
Lo primero que debo recalcar es que cuando una entidad emite una campaña, lo obvio es que no le guste a todos. Es una ley natural de lo público. Lo que sí sería inadmisible es invertir recursos en publicidad y que la campaña pase desapercibida. Siempre he preferido que de 10 espectadores, 5 odien una campaña y 5 la amen, a que esos 10 sean indiferentes. Así que esas objeciones deben ser bienvenidas.
La primera crítica que llamó mi atención es la sensación de que los embajadores del Perú que visitan Nebraska más parecen representar a una Lima blanca que a un país tan diverso y extenso. La otra crítica es que esta idea publicitaria sería un tremendo ejercicio de alienación al proponer que los peruanos solo nos sentiríamos orgullosos cuando, por ejemplo, unos cuantos gringos pueblerinos nos dan su aprobación. Interesante. Lo que puedo decir es que la publicidad de un país suele ser el reflejo de su sociedad. Si bien estamos avanzando en re-conocernos como nación diversa (¿cómo habría sido esa lista hace 30 años?) aun nos falta, obviamente. Al bus rojo le quedan nuevas paradas para que suban más representantes que nuestra sociedad sepa identificar. (A mí mismo me choca que no haya un solo escritor en él, a pesar de que somos una potencia literaria: es la señal lamentable de que somos un país que no lee y que por eso no se reconoce así). Y sí, es verdad: los peruanos nos desvivimos para que nos reconozcan en el extranjero. Así de grande es nuestra carencia emocional. Pero, ¿hay que cambiar la campaña por eso? No: lo que hay que cambiar es esta sociedad, creando motivos de orgullo dentro de nuestras fronteras. Los creadores de contenidos, eso sí, tenemos la responsabilidad de no exacerbar maquiavélicamente las taras que ya conviven con nosotros.
Como post data finalizo con una recomendación, esta sí de mi parte: no es bueno pintar el Morro Solar con la Marca Perú. El Estado no puede darle ese ejemplo a los pintacerros del país.

 

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