Una respuesta final

14 comentarios, 24/07/2011

Al inicio tuve la intención de responder a cada uno de los comentarios a mi publicación de ayer, pero el tiempo ha impuesto esta forma.
Espero lo sepa usted comprender.
Celebro aquellas opiniones, como las de Víctor Vich, que demuestran un conocimiento envidiable y que aportan a la discusión. Respeto la contrariedad de otros, que son la mayoría, que muestran la rabia de vivir en un país tan lleno de recursos como de injusticia. A los que me insultaron de más y hasta se metieron con mis hijas, a esos los envié a un agujero lejano, donde no les hagan daño.
He pedido perdón por lo que me toca, y a eso me remito.
Yo no he participado de la manipulación de ninguna cifra, y si los técnicos de la SNMPE lo hubieran hecho, serían unos verdaderos idiotas: ellos son conscientes de que tienen muchos ojos vigilantes, igual de técnicos que ellos.
Tampoco puedo pedir perdón por todos los componentes de un problema tan complejo. Me gustaría que a raíz de esta polémica diera la cara el Estado, cuya ausencia en zonas mineras marca el inicio de los conflictos sociales de nuestro país. Que respondieran aquellos mineros que, aun sabiendo sistemáticamente del daño que hacían, se amparaban en una legislación permisiva. Que también hicieran un mea culpa aquellos dirigentes comunales y medios de comunicación que, a propósito, buscan el conflicto con las mineras para escalar posiciones o llenarse los bolsillos.
Es tan complejo este tema, que hace nueve años aplaudí que la comunidad agrícola de Tambogrande rechazara a una minera que pugnaba por operar con prepotencia, pero ahora me preocupa que varios de esos agricultores hoy sean mineros informales que están haciéndole más daño a su tierra que la minera que pretendían sacar.
Es tan difícil nuestro país, que cuando proclamé que era anti-fujimorista, mis propios “amigos” me acusaron ferozmente de ser pro-Humala. Que cuando he apoyado la igualdad de derechos, me han señalado como un caviar. Que cuando digo que me gustaría el ingreso de más minería responsable, me responden que soy un perro imperialista.
Pero es mi país. Nuestro país. Estoy seguro de que quienes me han escrito con rabia, también buscan lo mejor para él. Si todos incidiéramos más en las coincidencias y menos en las diferencias, estoy seguro de que notaríamos que todos tenemos más cosas en común de las que pensábamos.
Gracias por su atención.
Se cierra una semana que jamás olvidaré.

 

El perdón y la minería

92 comentarios, 22/07/2011

Las personas pueden perdonar el error, pero no la mentira.
Por eso, estas líneas serán lo más sinceras posibles con usted.
Las acompañan un recuerdo de hace siete años: la primera vez que visité una minera. Iba con el prejuicio encima: las imágenes de ríos con relaves, de una Oroya contaminada, de la tierra saqueada. Para mi sorpresa, durante ese viaje el enemigo abstracto encontró una cara más amigable de lo imaginado: conocí ingenieros ambientales tomándole el pulso al agua, un proyecto para guardar agua de lluvias y cedérsela a los agricultores vecinos y, también, la reforestación de un enorme terreno tras un cierre de mina. La suerte quiso que con los años visitara otras mineras que se esforzaban por ser responsables con su entorno rural, y algo me quedó claro: el mundo se me volvía a presentar con más matices de los que imaginaba. La minería no era buena o mala per se: lo que la movía a un lado o al otro era la calidad profesional de quienes la practicaban.
Fue en ese trance, hace cuatro años, cuando conocí a los funcionarios de nuestra Sociedad Nacional de Minería. En esa mesa conocí a profesionales con virtudes y defectos distintos, como los tenemos todos, pero con una visión común: que los peruanos reconocieran que, junto a esa minería abominable, mayoritariamente informal, que tanto daño le hace a nuestro país, también convive una en proceso de consolidación, responsable con los vecinos, el Estado y sus accionistas. Que algunas de esas empresas sentadas en la  mesa habían tenido accidentes y metidas de pata en el pasado, eso era claro. Pero también era claro que habían sido eso, accidentes, y no métodos planificados de ejecución. Con ese conocimiento me sobrevino otra noción: la minería es un factor tan gigantesco en la economía de nuestro país, que pretender crecer sin ella es utópico. Un estudio del Instituto Peruano de Economía señala que en el año 2009, el 32.4 % de los pagos al fisco peruano provino de los impuestos mineros. Dos años antes, había sido el 49%. Otro informe del Ministerio de Energía y Minas señalaba, en enero de 2011, que el 60% de las exportaciones peruanas provenían de la minería.
Estas cifras sugieren que la minería es un gigante necesario, al menos mientras no desarrollemos otras actividades, algo que definitivamente debemos hacer: nunca ha sido bueno tener todos los huevos en una sola canasta. El problema es que consolidar esas alternativas tomará décadas, y el país no para de demandar ingresos. Por eso, al menos durante estos años, nos conviene atraer minería responsable que mantenga el crecimiento y financie tantas tareas de integración y de servicios vitales que hacen falta. Fue así que cuando la Sociedad de Minería me buscó para asesorarla en una campaña relámpago que apoyara esta idea, estuve de acuerdo. Sus técnicos tenían la data estadística y, sabiéndose núcleo de muchas miradas, la examinaron con esa carga. Uno de los comerciales resultantes fue aquel famoso de Oblitas. A pesar de haber sido testeado y aprobado, no era seguro que saliera, pues era muy directo con el tema de los impuestos. Sin embargo, el calor de la Copa América hizo que apareciera, de la noche a la mañana, durante un partido clave.
Por él he recibido adhesiones. Pero también muchos palos.
Un amable representante de la Sociedad de Minería, cuyo nombre me reservo, me hizo ver el lado bueno: con poquísimos recursos, el tema de la competitividad de las inversiones mineras se ha puesto en agenda y ya está en discusión. Si mi contraparte sabe verle el lado amable, ¿por qué estoy yo tan apagado?
¿Por qué cargo con la sensación de tener que pedir perdón, aunque no sé exactamente de qué? Momentos antes de escribir estas líneas, tuve la respuesta.
No es que deba pedir perdón por trabajar para mineros. Sobre todo, para mineros que durante años me han demostrado un esfuerzo por ser responsables.
Debo pedir perdón por el recurso.
Alguna vez hice alusión a Chile para defender nuestro pisco. Y resultó.
Esta vez hice lo mismo y, aunque se generó el mismo revuelo, contradije una noción que aprendí desde entonces: se puede comunicar, pero sin necesidad de revivir pulsiones no constructivas.
Aquella vez estuvo bien: hoy debemos ser otro país.
Por eso es que le pido perdón.

 

Postdata: Mi respuesta a sus comentarios, brevísima, está en un post que puse a continuación de este. Gracias.

 

 

García, un negado para el software

5 comentarios, 24/06/2011

Desde que en 1958 se usó por primera vez la palabra software aplicada a la computación, su asociación al hardware ha servido para millones de símiles empleados en otros campos. Los compatriotas que por estar evaluando a candidatos presidenciales últimamente dejaron de lado la gestión saliente del Presidente actual, tal vez podrían echar mano de dicho binomio para juzgarlo. Al menos a mí me ha servido para llegar a la conclusión de que este gobierno de García fue bueno en aspectos cruciales, pero fue decepcionante en otros que eran fundamentales.
Un gobierno mediocre, por lo tanto.
Tengo amigos, varios de ellos empresarios, que al leer esto pensarán que soy mezquino. No sé si lo sea tanto. Sospecho que el Humala de 2006 era un cuco tan terrible para la clase dirigencial de nuestro país, que a García se le recibió como un mal menor que había que apuntalar más que vigilar. A nuestra élite económica, salvo excepciones, le bastaba saber que el rumbo económico se mantendría sin peligro para alimentar su indulgencia con García, pero le faltó ser crítica con el García demagogo y soberbio: el mismo que se obsesionó por mejorar el hardware del país descuidando su software. Gracias a la política de García, nuestro país ha alcanzado récords económicos que todos reconocemos (el software más cuidado) y ha visto construir obras de infraestructura que eran necesarias. Pero ha sido ese mismo García el que desperdició la oportunidad de modernizar a nuestro Estado con esas políticas invisibles que erigen columnas más duraderas que las que se hacen con cemento populista.
¿No fue él quien, en un acto de demagogia pura, bajó los salarios de sus funcionarios especializados, desanimando a los talentos capaces de servirnos mejor como ciudadanos?
¿No fue su gestión la que, haciendo caso omiso a la regla de oro de escuchar antes de imponer, le deja al siguiente gobierno 238 conflictos sociales, cuando al inicio de su mandato eran 97?
¿No fue García quien enrareció más nuestra atmósfera moral al escapársele exabruptos como “la plata llega sola” o “yo puedo evitar que alguien salga elegido Presidente”?
Este Cristo traído desde Brasil, impuesto como su regalo personal en terreno que es de todos – y al que el ingenio popular ha bautizado como “El Cristo de Lorrobado”- es otra prueba de que García tuvo nuestra indulgencia y que nos la pagó con su soberbia plasmada en lo material.

 

Los pinchazos al bus rojo

13 comentarios, 31/05/2011

Me subo, colgado del estribo, al bus rojo con la marca Perú para felicitar a sus responsables. (http://www.youtube.com/watch?v=fAqFJP4N4ME) Se trata de un esfuerzo que ya muchos han explicado mejor que yo. Sin embargo, aprovecharé esta tardanza para comentar las críticas que varios peruanos hicieron en Internet en los días posteriores a este lanzamiento.
Lo primero que debo recalcar es que cuando una entidad emite una campaña, lo obvio es que no le guste a todos. Es una ley natural de lo público. Lo que sí sería inadmisible es invertir recursos en publicidad y que la campaña pase desapercibida. Siempre he preferido que de 10 espectadores, 5 odien una campaña y 5 la amen, a que esos 10 sean indiferentes. Así que esas objeciones deben ser bienvenidas.
La primera crítica que llamó mi atención es la sensación de que los embajadores del Perú que visitan Nebraska más parecen representar a una Lima blanca que a un país tan diverso y extenso. La otra crítica es que esta idea publicitaria sería un tremendo ejercicio de alienación al proponer que los peruanos solo nos sentiríamos orgullosos cuando, por ejemplo, unos cuantos gringos pueblerinos nos dan su aprobación. Interesante. Lo que puedo decir es que la publicidad de un país suele ser el reflejo de su sociedad. Si bien estamos avanzando en re-conocernos como nación diversa (¿cómo habría sido esa lista hace 30 años?) aun nos falta, obviamente. Al bus rojo le quedan nuevas paradas para que suban más representantes que nuestra sociedad sepa identificar. (A mí mismo me choca que no haya un solo escritor en él, a pesar de que somos una potencia literaria: es la señal lamentable de que somos un país que no lee y que por eso no se reconoce así). Y sí, es verdad: los peruanos nos desvivimos para que nos reconozcan en el extranjero. Así de grande es nuestra carencia emocional. Pero, ¿hay que cambiar la campaña por eso? No: lo que hay que cambiar es esta sociedad, creando motivos de orgullo dentro de nuestras fronteras. Los creadores de contenidos, eso sí, tenemos la responsabilidad de no exacerbar maquiavélicamente las taras que ya conviven con nosotros.
Como post data finalizo con una recomendación, esta sí de mi parte: no es bueno pintar el Morro Solar con la Marca Perú. El Estado no puede darle ese ejemplo a los pintacerros del país.

 

El Perú es más que esos dos

38 comentarios, 29/04/2011

Últimamente, cuando digo que no votaré por Keiko Fujimori, a veces siento miradas de recelo. En situaciones así, apelo a una sola razón: a mis hijas les he tratado de enseñar, no siempre con éxito, que la violencia combatida con violencia es como fuego combatido con gasolina. Que deben cumplir las reglas sin ensayar trampas. Que deben dar la cara por sus actos cuando las papas queman. ¿Cómo podría verles la cara tras votar por una candidata que representa a un gobierno que hizo lo opuesto a lo que he tratado de inculcarles?
Sin embargo, soy dueño de mis principios, pero no pretenderé ser dueño de la verdad.
En los últimos días he visto a amigos que votarán por Humala caricaturizados como idealistas irresponsables. Y he visto a gente admitir que votará por Keiko, acusada de ser metalizada y de moral dudosa. Es una simplificación peligrosa. Un votante de Keiko no es necesariamente un facho corrupto, así como un votante de Humala no es un comunista resentido. En medio de ambos extremos hay millones de historias personales a las cuales es estúpido y soberbio criticar como un conjunto monolítico. El miedo a perder lo ganado, en cualquiera de ambas opciones, nos hace olvidar que si estamos a puertas de una segunda vuelta inquietante es por culpa de una clase acomodada que se olvidó de que el Perú es más que su lugar de comfort, de una clase política que jugó como siempre su partido personal y no el de una visión de país, y de un gobierno saliente que hizo crecer la alcancía, pero que no le hizo reformas para su repartición. Lo último que necesita este cóctel, y mucho menos una democracia débil, es el insulto y la aparición de trincheras entre peruanos. Gane Humala o gane Fujimori, todos tendremos algo enorme en común: un gobierno con muchas dudas sobre su respeto a la legalidad vigente. Si hasta hoy nos separan nuestras opiniones enfrentadas, espero que, al menos, luego nos una la actitud alerta, acechante, en guardia para defender lo que tanto esfuerzo nos costó a todos, tanto en la reconstrucción de las instituciones como en el crecimiento económico.
Que nos una la vigilancia, no la intolerancia.

Estimado José Carlos:

55 comentarios, 01/04/2011

Hace exactamente cinco años te escribí una carta como esta, ¿recuerdas?.
Estabas nervioso porque Humala lideraba las encuestas a pocos días de las elecciones. Luego ganó García, respiraste algo más tranquilo, y seguiste con tu vida. Ayer me topé con un mensaje tuyo en Facebook que nuevamente delata nervios. En él dices que la pesadilla se repite.
¿Qué hiciste en estos cinco años, José Carlos, para no volver a sentir esta angustia?
Me temo que lo que hiciste fue creer, desde tu isla privilegiada, que el Perú entero gozaba del crecimiento y oportunidades que has tenido tú. Tú cambiaste de carro en estos cinco años, José Carlos, mientras que en nuestro país todavía hay comunidades que rara vez ven llegar uno debido a la falta de caminos. Creíste que la pobreza del país retrocede a pasos agigantados porque al pasar por Surquillo, rumbo a tu oficina, viste nacer un centro comercial gigantesco. ¿Sabías, mi amigo, que en tu propia ciudad -ya no estoy hablando de nuestro lejano campo- hay gente pobre que paga el doble que tú por el agua potable, debido a que la tienen que comprar de camiones en medio del arenal?  Desde tu afortunada posición empresarial con maestría en el extranjero, ¿hiciste algo para apoyar al Estado en la mejora de nuestra educación? ¿Sabías que nuestro elector promedio, aquel del que tanto te quejas, es básicamente intuitivo porque de niño nunca fue educado para leer, investigar y comparar con criterio propio?
Finalmente: una vez te escuché decir que a los coimeros del Estado hay que fusilarlos por traición a la patria. ¿Y tú no eres igual de corrupto, cuando accedes a entrar en su juego?  ¿No es tan corrupto el policía que pide billete, como el infractor que se lo da y alimenta esa maquinaria?
Mira, no quiero terminar pareciendo mezquino con los avances que hemos tenido en este lustro. Pero ver solamente la carretera, sin fijarnos de vez en cuando por el retrovisor en nuestos acompañantes, nos hace olvidar una dimensión importante del viaje. Un país que todavía tiene un tercio de pobres entre los suyos, donde aún campean las inequidades y la corrupción, no es el paraíso en el que creías vivir, mi estimado.

Tigres asiáticos, ja.

17 comentarios, 03/03/2011

Cuando escucho a tanto optimista decir que el Perú está creciendo a ritmo de tigre asiático, la sangre me hierve hasta ser morcilla porque es una comparación errónea.
Corea, Taiwán o Singapur desarrollaron sus economías apostando por la educación y la innovación, requisitos básicos para ser un país de primer mundo. El Perú, en cambio, viene obteniendo sus cifras de “tigre” debido a un ordenamiento y una apertura dignas de aplauso pero -seamos honestos- con la enorme ayuda del alto precio de los metales. Para continuar con estas cifras dependemos de China como consumidor de minerales, no de nosotros mismos. Desafortunadamente, la palabra Educación es de las que menos se vienen escuchando en esta campaña electoral tan dada a chismes.
Eso es muy preocupante. Crecemos sostenidamente desde hace diez años. Sí. Pero desde esa época seguimos siendo prácticamente los últimos del mundo en comprensión de lectura y entendimiento de las matemáticas. Si las naciones son tan grandes como las mentes de su gente, ¿qué futuro puede tener un país que genera analfabetos funcionales? Ya que la sangre me hierve más allá de lo esperado, me pondré fresco con una mención abiertamente interesada: la organización Recreo, de la que formo parte (www.recreo.org.pe) acaba de lanzar la campaña “Un millón de niños lectores”. La idea es que empresas, organizaciones y personas apadrinen escuelas de mil niños para que podamos intervenir en ellas con bibliotecas, capacitaciones y alegría para mover los indicadores de comprensión lectora. Si su organización quiere apoyarnos, se lo agradeceré feliz. Y si tiene otras formas de acelerar lo que el Estado va a demorar en lograr, también hágalo.
Después no se queje si, tras otros diez años de feroz “crecimiento”, tiene que buscar con lupa colaboradores que entiendan un contrato tras leerlo.

Tanta presión tonta

20 comentarios, 10/12/2010

Ayer me topé con el aviso de una universidad que mostraba a una chica con un tatuaje en el brazo. En su piel aparecían sucesivos nombres de novios tachados. El título sentenciaba que “hay cosas en las que no puedes darte el lujo de equivocarte, y elegir tu carrera es una de ellas”. Al ver reflexiones como esta me pregunto si no estamos siendo muy injustos con nuestros adolescentes. ¿No es un abuso descomunal presionarlos para que a los dieciséis sepan cuál va a ser la profesión que guiará sus vidas? Conozco a cuarentones que aún no encuentran su brújula, y nuestra sociedad le está pidiendo a muchachitos con dudas propias de su edad que ya la tengan. ¿Cuál es el apuro? ¿Lo hacemos porque los hijos de otros lo hacen? ¿Porque las universidades necesitan ingresos frescos, y mientras más temprano mejor? ¿Lo hacemos quizá por inercia, ya que esta es la última curva de un circuito que empezó con nuestros hijos muy pequeños dando un examen para un nido?
Sea cual fuere la causa, yo ya tomé mis precauciones. Mi Alesia pronto acabará el colegio y ella sabe que puede tomarse un tiempo para pensar y madurar sus ideas. “Viaja, lee” le dije. “Conoce un poco de mundo, y luego me dirás qué piensas hacer. Es mejor encontrarte antes de la universidad, que frustrarte una vez que estés adentro”.
No sé si me haga caso. Pero al menos sabe que no tendrá en mí a un fiscalizador de sus errores. Hay padres o chicos que me dirán que no pueden darse el lujo de ese tiempo sabático, que tienen que ponerse a producir cuanto antes. Es respetable: ese fue mi caso como hijo. Sin embargo, siempre es un alivio para cualquiera tener la noción de que un error al elegir no significa el fin del mundo.
Hay quienes podrán decir, cronómetro en mano, que yo perdí algo de tiempo al no estudiar enseguida la que terminó siendo mi carrera. Pero lo que soy ahora también se alimenta de esos desvios truncos. ¿Un ejemplo práctico?
Mi primera novela relata ese error al escoger.
Y juro que lo volvería a cometer con tal de volver a escribirla.

Más valió tarde

11 comentarios, 15/10/2010

Desde que se anunció que Mario Vargas Llosa había ganado el premio Nobel de Literatura 2010, la  mayoría de comentarios en las noticias han incluido expresiones como “después de tanta espera” o “con gran retraso”. Pero si Dios -o el Destino, o el Azar- fuera el planificador estratégico de esta nación en formación que llamamos Perú, habría que reconocerle el mérito de haber retrasado en su cronograma tal distinción. ¿La razón? Que décadas atrás no habría tenido en nosotros el mismo efecto de hoy porque el país estaba en un entrampamiento mental de crisis. Si Vargas Llosa hubiera recibido el Nobel en los años noventa y con Fujimori todavía en el poder, aún habría estado fresco el recuerdo de su candidatura presidencial y el malestar causado por la maquinaria mediática que lo mostraba como un peruano picón y mezquino que quería darle mala fama al país en represalia por no haberlo elegido su Presidente. Si lo hubiera recibido unos años después que García Márquez, en los años ochenta, el país habría recibido la noticia con alegría, pero esa perla se habría hundido demasiado pronto en el lodazal de terror e infortunio que atrapaba a los peruanos.
Afortunadamente, esta  noticia nos sorprende en el año 2010, con un estado mental inédito en nuestra historia. Recuerde conmigo: hace menos de diez años ningún peruano hablaba de Juan Diego Flórez, de Gastón Acurio y nuestra potencia gastronómica, del Oso en Berlín, de nuestra nueva clase media, del florecer de nuestro teatro o del actual clima de inversión. Se hablaba de un presidente fugado del país y de los vladivideos que nos habían llevado al desastre moral. Hoy vibramos con la proeza de Vargas Llosa, pero no pensamos que pueda ser irrepetible por otros, y en otros campos.
Allí radica la belleza de esta demora: antes hubiéramos saludado este Nobel como un hito sin esperanza de repetición.
Hoy nos emocionamos con él porque es la confirmación -y ya no la figura de excepción- de que los peruanos valemos.

Una llamada majadera

10 comentarios, 04/09/2010

Mi celular mostró un número desconocido, y aún así contesté.
Era una voz joven: “Soy periodista del canal X de televisión y el celular que me han asignado se ha  estropeado. Tengo su número, pero no sé quién es usted”. Me quedé en silencio. Imagino que aquella pausa lo llevó a contraatacar.
“Necesito que me diga quién es usted para tomarlo en cuenta en futuras entrevistas”. Recién en ese momento le respondí:  “Discúlpeme, pero yo a usted no le conozco. No puedo darle mi nombre”. Aquel extraño diálogo entre desconocidos continuó por su lado. “Le repito que soy periodista”, dijo, y me pareció que durante esa frase se había subido a un pedestal. Yo me piqué. “Y yo le repito que a usted no le conozco. Si usted se pusiera en mi lugar lo entendería”. Del otro lado de la línea sonó un bramido. Creo que colgué.
Ahora que lo escribo, seguro estaba diciéndome la verdad: un estafador jamás perdería los papeles así. Me preocupa que algunos periodistas puedan creerse aquella vanidosa ilusión de que son el cuarto poder. Poder es una palabra que no combina bien con Servicio. Al pensar -aunque sea fugazmente- que el periodismo es una manera de estar por encima de los demás, los periodistas se emparentan sin querer con aquellos personajes, que paradojicamente, buscan lapidar: los políticos que olvidan que su tarea es servir a la ciudadanía.
El joven que me llamó de manera impertinente actuó como esos funcionarios públicos que viajan tras vidrios oscuros: la vanidad personal (o profesional) no le permitió ver el paisaje tal como es.

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